Artista durante las 24 horas del día

He empezado a leer un libro que me regaló una amiga por mi cumpleaños: Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas de Stefan Zweig (Editorial Acantilado). No pretendo en estas líneas hacer un análisis de la obra -que con tanto cariño me entregó esta querida amiga- ni de su autor (1881-1942), pero sí apoyarme en la primera frase del libro como punto de partida para mi reflexión de hoy: “Ningún artista es durante las veinticuatro horas de su jornada diaria ininterrumpidamente artista” (p. 9). ¿Es verdadera esta postura? Sin lugar a dudas, es una afirmación atrevida y que da que pensar a aquellos que nos consideramos artistas.

Mirar desde el color

Pienso, por ejemplo, en las palabras de Claude Monet (1840-1926) que leí en la exposición MONET. Obras maestras del Musée Marmottan Monet de CentroCentro el año pasado: “El color es mi obsesión cotidiana, mi gozo, mi tormento”. ¿Esa percepción de la realidad desde el color estaba limitada a las horas del día en que el pintor francés tomaba el rol de artista? ¿No era más bien su modo permanente de contemplar lo que le rodeaba? Yo creo que Monet miraba el color desde que se levantaba hasta que se acostaba; es más, creo que el color impregnaba hasta sus sueños más secretos. 

El flamenco de las mezquitas

Hace unos meses estuve en un concierto de flamenco del guitarrista Paco Soto en la Sala Villanos de Madrid. Fue, sencillamente, maravilloso. Conocí a este artista leyendo el programa de Veranos de la Villa 2024. En su presentación leí algo que me conmovió profundamente: “criado en Tánger, el canto de las mezquitas le llevó al mundo del flamenco, una conexión que ha marcado su trayectoria artística”. En una entrevista, Paco cuenta cómo le preguntaba a su madre: “Mamá, ¿por qué cantan flamenco en la mezquita?”. El niño Paco, pequeño artista en potencia, ya percibía el mundo desde el flamenco. No solo era artista 24/7 sino que era artista antes de tener uso de razón.

Ser artista es como tener fe

Estos y otros muchos testimonios me llevan a pensar que el ser artista es algo inherente al que lo es, algo que le acompaña las veinticuatro horas del día. Me atrevería a decir, incluso, que ser artista es como tener fe. Me explico. Así como la fe no es un sombrero que me quito y que me pongo según el ambiente en el que esté, sino que es un modo de ser que impregna la vida, ser artista es percibir la realidad ininterrumpidamente con esa peculiar sensibilidad y traducirla en distintos modos de expresión (Monet en pinceladas, Paco en notas musicales, Makaria en figuras africanas…). Quizás esa sensibilidad exquisita es el precio que se paga por los elevados modos de expresión capaces de conmover a otros.

Tesoros de gracia en la realidad

Cuando se mira con el corazón, se advierten tesoros de gracia en la realidad que nos rodea. Se ven las cosas como signos que hacen presente algo más grande que lo que nos ofrece meramente el sentido de la vista. Esto es, fundamentalmente, la fe. “El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un corazón que ve” (Benedicto XVI, Deus caritas est n.º 31). 

Del mismo modo, el artista es capaz de ver y traducir su percepción en belleza. Es, pues, un artífice de belleza. En esto último el artista se vincula también a la religión, como bien desarrolla Roger Scruton en su documental Why beauty matters? “En esta película he descrito la belleza como un recurso esencial. Con ella convertimos el mundo en nuestra casa, y al hacerlo ampliamos nuestras alegrías y encontramos consuelo para nuestros dolores. Esa capacidad de la belleza para redimir nuestro sufrimiento la asemeja a la religión. De hecho, lo sagrado y lo hermoso son dos puertas que se abren a un solo espacio: el espacio donde encontramos nuestro hogar”.