Endiosamiento de los medios, olvido de los fines
Si por algo se caracteriza nuestra época actual es por poner los medios en medio. Me explico. La comunicación es el fin de un teléfono. Caminar es el fin de unas zapatillas de deporte. Tener una vida de hogar es el fin de una casa. Y así sucesivamente. Sin embargo, lo importante no es tanto el teléfono, las zapatillas o qué interiorista ha puesto la casa. Lo importante es esa conversación telefónica en la que, a través de una voz amiga, me supe verdaderamente comprendida y confortada; es ese sendero que recorrí en plena Alcarria cuando el verano se despedía y daba entrada al otoño; es el crujir de la madera del salón cuando el pequeño Rafita y yo jugamos al escondite entre los muebles de la casa, porque estas vivencias ponen el arte al servicio de la vida. Vacías de estas experiencias, la modernidad endiosa el iPhone, las zapatillas y el interiorismo (por poner algún ejemplo).
Una luz desde Japón: Soetsu Yanagi y el valor de los objetos cotidianos
Soetsu Yanagi (1889-1961) fue un crítico de arte y pensador japonés que defendió con maestría el valor de la artesanía popular. En contra de una moda que quiere sobrecargar de ornamentación frívola e innecesaria las cosas que usamos en el día a día, dice: “Estos objetos, en los que la utilidad pasa a un plano secundario, son muestras de un empobrecimiento espiritual rayano en la corrupción moral”[1]. La misma frase se podría decir de nuestro iPhone, nuestras zapatillas y nuestra decoración (con todos mis respetos a mis amigas interioristas). Pero no es mi deseo hablar aquí de la decadencia y la corrupción moral de nuestra sociedad. Continúa diciendo el autor japonés: “Esas son precisamente las características que deben evitarse en los objetos de uso cotidiano, pues, de lo contrario, dan la espalda a la vida a la que deberían servir”[2].
Trascendencia de la estética
¿Cómo? ¿He leído bien? ¿Ha dicho “vida a la que deberían servir”? ¿VIDA? ¿SERVIR? Mi nuevo amigo de Azabu (Tokio) parece estar diciendo que el sentido de esos objetos está vinculado al fin al que sirven. Voy a dejar a un lado el teléfono, las zapatillas y el interiorismo. Voy a centrarme en lo mío: el arte. Para no caer en el esteticismo vanal, peligro constante de todos aquellos que amamos la belleza, creo que es fundamental recordar el sentido de lo que hacemos.
Si el arte no sirve a la vida, sirve a la muerte. Y la muerte en todas sus manifestaciones, como puede ser el abismo del nonsense que quiere (pero no puede si no lo consentimos) ahogarnos.
Si aplicamos la filosofía de Yanagi al arte, queda claro que el propósito del arte debe ir más allá de la estética superficial. Este ir más allá implica una llamada. Llamada al propio arte, que ha de trascenderse a sí mismo, salir de sí. El arte ha ser un puente hacia la vida, un acicate para enriquecer nuestra existencia y elevar nuestro espíritu. Llamada a los coleccionistas y amantes del arte, pues esto significa buscar piezas que no solo sean visualmente atractivas, sino que también tengan una historia, un sentido, un alma. Para los artistas, esta llamada es un recordatorio de que nuestro trabajo tiene el poder de transformar vidas, de servir a la vida en lugar de simplemente existir por sí mismo.
Un arte al servicio de la vida
Propongo un arte al servicio de la vida, porque “la vida se hizo visible” (1 Jn 1, 2). No hablo de supervivencia, sino verdadera vida. Esto solo será posible cuando pongamos en medio los fines y, en el horizonte, el fin último. Como aquellos medievales que construyeron las catedrales góticas, conscientes de que, por medio de esas piedras, el pueblo miraría a lo alto: miraría a Dios. No solo el pueblo del medievo, sino el de todos los siglos posteriores, como acaeció la noche de Navidad de 1886 en el corazón de Paul Claudel durante el oficio de Notre Dame. Así es el arte al servicio de la VIDA.
[1] Yanagi, Soetsu. La belleza del objeto cotidiano. Barcelona: Editorial GG, 2022, p. 16.
[2] Ibid.


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