Cuando el gozo se desborda

Hace unos días estuve en La Granja de San Ildefonso y tuve el privilegio de ver en funcionamiento algunas de las fuentes de los jardines del Palacio Real. Ante la majestuosidad del espectáculo, uno se queda verdaderamente sin palabras. Pero quizás, más que el esplendor del agua brotando, lo que cautivó por completo mi atención fue la reacción de tres o cuatro niños pequeños que tenía delante.

A medida que los chorros de agua iban subiendo en altura e intensidad, los niños comenzaron a bailar entre ellos y hacia la fuente, como si la belleza inusitada de ese momento les desbordara por dentro y no pudieran contenerla. Si los adultos no tuviéramos tanto pudor en la expresión de nuestra alegría, quizás todos hubiéramos acabado bailando. ¡Eso sí que habría sido un espectáculo!

La expresión artística como desbordamiento interior

Los niños, con su inocencia y naturalidad, habían realizado sin saberlo lo que, en mi opinión, es la esencia de todo arte verdadero: cuando una realidad nos conmueve, toca las fibras más hondas de nuestro ser y nos empuja a salir de nosotros mismos para expresarlo. Sea a través de la danza, la pintura, la fotografía, la cerámica, el cine… el arte brota como un desbordamiento.

Por desgracia —o quizá por gracia— no siempre es el gozo lo que rezuma de nuestro corazón. A veces es el dolor, otras la rabia, otras la serenidad… Lo importante es que el artista sabe recogerlo todo, asumirlo y transformarlo en obra. Y al hacerlo, nos invita a los demás a reconocernos también ahí, a poner nombre y forma a lo que llevamos dentro, a salir enriquecidos y, muchas veces, reconciliados con nosotros mismos, “impregnados” de sentido.

La caricia inesperada de la belleza

Recientemente he leído un hermoso fragmento que ilustra lo que quiero expresar. Se trata del prólogo de Maestros de felicidad, de Rafael Narbona. El autor, a modo de confesión íntima con el lector, relata los duros acontecimientos de su vida que le habían dejado sumido en una tristeza total; sin embargo, la caricia inesperada de la belleza le recordó su pertenecía a la luz.

Comencé a bajar hacia la Puerta del Sol, sumido en una congoja pegajosa y obstinada. De repente, unas notas de música rompieron mi ensimismamiento. Detrás de un enorme centro comercial que ya había cerrado sus puertas —serían las diez—, una orquesta de cámara interpretaba piezas de música clásica.  […] Movían el arco de los violines, el contrabajo y la viola con un frenesí dionisíaco, como si ejercieran de oficiantes en un rito ancestral que celebrase la vida. […] La música me había rescatado de unas aguas sucias y arenosas que habían intentado ahogarme. […] La música es una vibración, un temblor en el aire. Algo minúsculo que aparentemente no afecta a la marcha del mundo, pero yo sentía que había sido bendecido con un gran acontecimiento. No podía expresar con conceptos lo que había vivido. No obstante, intuía que había experimentado la conjunción del bien y la belleza, su misteriosa connivencia. […] Mi pesar se transformó en serenidad.

Makaria: expresión artesana que nace de la conmoción

Así como el desbordamiento interior de aquellos niños ante la fuente dio lugar a la danza, el arte nace de una conmoción ante la riqueza y la sobreabundancia que, aunque a veces velada, nos envuelve. Y como la música de aquella pequeña orquesta en mitad de la noche madrileña, nos rescata por medio de la belleza de esas aguas sucias y arenosas que tratan de ahogarnos. Esa es, al menos, mi intención desde Makaria, este pequeño proyecto de artesanía contemporánea que quiere celebrar, pieza a pieza, la verdad, la bondad y la belleza como alimento imprescindible para el alma.