Todavía sigo impresionada por el apagón del 28 de abril
No tanto por el caos que se produjo, que por supuesto; sino, sobre todo, porque hasta entonces no había caído en la cuenta de hasta qué punto necesitamos la luz. Aquel lunes, como el de todos, fue para mí una sucesión de imprevistos con sus consiguientes improvisaciones. A las 23:00, todavía sin luz y agotada, salí a la terraza a tomar el aire. La conversación de una casa cercana cautivó mi atención por completo. Se trataba de un niño, de unos seis años, con sus padres. El niño exclamó:
“¡Papá! ¡Mamá! ¡Mirad las estrellas!”
Su padre, maravillado, dijo:
“Nunca las hemos visto brillar tanto… ¿Qué prefieres: que vuelva la luz o las estrellas?”
Y el niño, sin dudarlo, respondió:
“Las estrellas”.
La benevolencia de la noche
A veces se necesita un apagón existencial para tomar conciencia de hasta qué punto necesitamos la luz, venga de las estrellas o de la corriente eléctrica (seamos prácticos…). Un magnífico profesor de filosofía del que fui alumna hablaba de la noche –Nyx– como una diosa benévola, precisamente por revelar al filósofo la verdad. Las noches de la vida —que albergan el fracaso, el abismo y el dolor— pueden ser el preludio de una luz nueva. Así lo expresa Lauretta en Il bosco dei lillà:
-¿Existe la luz? —pregunta el joven pajarillo.
-Sí, existe.
-¿Y puedo verla?
-Sí, pero tendrás que sufrir mucho.
-¿Y entonces para qué verla, si hace sufrir?
-Porque tu corazón está hecho para ella.
Aceptar la noche humildemente
Se trata, por tanto, de aceptar humildemente la noche y, en el momento menos pensado, como aquel niño del apagón del 28 de abril, poder decir: “¡Mira, las estrellas!”.
En el Santuario del Sacro Speco (la “Cueva Sagrada”) en Subiaco, Italia, lugar donde San Benito de Nursia vivió como ermitaño durante tres años en el siglo VI, hay una hermosa inscripción que dice: «Si buscas luz, Benito, ¿por qué eliges la cueva oscura? La cueva oscura no ofrece lo que buscas. Continúa buscando en las tinieblas la luz radiante, porque sólo en lo profundo de la noche resplandecen las estrellas».
Y es que las tinieblas no se vencen hurgando en ellas, sino dejándose iluminar sencillamente. Y para esto es preciso un camino interior, una apertura en la indigencia de la noche. Dante describió este recorrido personal en La Divina Comedia de un modo bellísimo. De hecho, cierra cada una de sus tres partes con la palabra stelle (estrellas):
Infierno, Canto XXXIV, verso 139:
«E quindi uscimmo a riveder le stelle» (Y de allí salimos a volver a ver las estrellas).
Purgatorio, Canto XXXIII, verso 145:
«Puro e disposto a salire a le stelle» (Puro y dispuesto a subir a las estrellas).
Paraíso, Canto XXXIII, verso 145:
«L’amor che move il sole e l’altre stelle» (El Amor que mueve el sol y las otras estrellas).
El arte nos permite acariciar las estrellas
“Una vida entre cuerdas” es el título de un documental biográfico sobre el violinista Ara Malikian. En el tráiler de la película dice el músico:
“He visto cosas muy oscuras alrededor y, gracias a la música, me ha atraído más la luz”.
Sin haber visto la película, puedo captar en esa frase una experiencia vital que comparto: ese combate entre luz y tinieblas en el que, a través de la belleza —esto es, de la manifestación del amor—, la luz vence. Bien sea a través de las notas musicales, las palabras de un poema o los colores de una pintura, el arte nos permite acariciar las estrellas y nos susurra que el amor es posible.
Desde Makaria: dejar pasar la luz
Desde mi experiencia en Makaria, sé que el arte no es solo creación, sino también un modo de mirar la vida. En cada decisión artística, se libra ese combate entre la luz y la oscuridad. Ojalá mis piezas se conviertan en pequeñas ventanas de belleza que nos recuerden que, incluso en la noche más oscura, pueden brillar las estrellas.


Otra entrada magnífica.
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