Quizás lo que más me ha fascinado siempre del arte ha sido su capacidad para poner armonía en el caos.
Todos nos hemos preguntado alguna vez, viendo una buena película: ¿Cómo se resolverá todo esto? Y, a medida que avanza el guion, sentimos un gozo interno al comprobar cómo la historia se va desplegando con orden en medio del caos, aunque no tenga un final feliz.
También ocurre cuando se encienden las luces en el teatro, en ese instante casi sagrado en el que la voz de un actor desvela un drama que no se nos presenta del todo catastrófico. El marco artístico en el que tiene lugar introduce un cierto equilibrio que serena.
Lo mismo sucede en esas canciones capaces de integrar los quejidos del corazón en melodías de cualquier estilo musical, haciéndonos tocar por unos instantes la eternidad.
Aprender a mirar: de lo ordinario a lo armónico
En mis años de formación en la Facultad de Bellas Artes, en la asignatura de Pintura, era habitual trabajar bodegones construidos con objetos cotidianos del propio aula: un bote de pintura, la bufanda de un alumno, la botella de agua del profesor o un flexo con el cable deshilachado iluminando la composición. Honestamente, no me parecían motivos especialmente bellos. Sin embargo, me resultaba casi sobrenatural la capacidad del profesor y de algunos compañeros para representar aquel aparente disparate como un conjunto armónico, en íntimo diálogo de formas y colores.
El pintor —decía Luis Rosales— descubre la fraternidad de todas las cosas creadas.
Comprendí entonces que el arte no consiste solo en representar lo bello, sino en revelar la armonía escondida en lo aparentemente disperso.
El hilo dorado que ordena el caos
Creo que el verdadero artista lo es porque es capaz de reconocer y plasmar ese hilo dorado que teje los fragmentos del caos y los ordena de un modo nuevo, único y profundamente personal.
Me seduce esa manera sugestiva —sin imposiciones rígidas— de mostrar un dominio del descontrol a través del propio arte. Ese señorío tan humano nos recuerda las alturas que nos constituyen.
Recuerdo haberme mecido en los colores silenciosos de Giorgio Morandi, transportarme a través de los giros inesperados de Benny Goodman, el rey del swing, o quedar desgarrada —y agarrada a la vez— al leer a Miguel Hernández cantando a su amigo Ramón Sijé.
Esa capacidad del arte de sembrar orden en el caos, de conectar puntos distantes y hasta contrapuestos, me tiene profundamente enamorada.
Donde el arte se encuentra con la vida: crear desde dentro
En Makaria procuro que arte y vida estén profundamente vinculados. No es solo un lema: detrás de “Makaria: where art meets life” hay una convicción muy personal. La creación artística no puede separarse de la forma en que vivimos. Como afirma Romano Guardini, “la vida no se limita a suceder: debe ser formada; cada uno tiene que convertirse en el artista de su propia existencia”. Creo firmemente que el trabajo creativo no es solo transformación exterior, sino también interior: el trabajo te trabaja. Ese itinerario personal del artista, esa búsqueda de armonía entre los fragmentos dispersos de la existencia, queda reflejado inevitablemente en sus obras.
Por eso, las piezas Makaria —ya sean obras pictóricas o cerámicas— no nacen solo como objetos funcionales, sino como pequeños lugares de encuentro entre lo cotidiano y la belleza: una taza, una fuente o un plato capaces de acompañar la vida diaria con una discreta intensidad. Creo profundamente que rodearnos de objetos hechos a mano, pensados y pintados con calma, puede ayudarnos a ordenar también nuestro propio mundo e invitarnos a vivir nuestra propia existencia como una obra de arte. Porque cuando el arte entra en la vida —en una mesa puesta, en un café compartido, en un gesto sencillo— el caos encuentra, casi sin darnos cuenta, una forma nueva de armonía.


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