La Navidad y el anhelo de hogar en un mundo acelerado
La Navidad es un termómetro vital. En ella se manifiestan actitudes que reflejan nuestro estado existencial. Creo que todos conectamos en esta época con nuestro anhelo de hogar, de pertenencia, de sentido, de acogida: de luz cálida (es la que más me gusta para decorar).
Esta experiencia la vivimos en un mundo acelerado. A un ritmo frenético recibimos mensajes que parten de nuestro anhelo y, sin embargo, nos conducen por caminos que, más que saciarnos, nos empachan. Es la purpurina de la Navidad, que apaga en nosotros la verdadera luz que encendió el deseo.
Detenerse para ser uno mismo
Las dinámicas compulsivas de consumo (no solo de cosas) nos hacen olvidar quiénes somos en realidad. Por este motivo, pienso que la Navidad es un tiempo privilegiado para detenerse y decidir ser uno mismo. Parar y y elegir secundar ese anhelo de luz cálida en lugar de acallarlo con las dinámicas del empacho.
No creo que todo lo que nos rodea es malo… Ni mucho menos. De hecho, estoy enamorada de la belleza que entrañan la verdad y la bondad de las cosas a mi alrededor. Pero sí creo que es sabio “saber acerca de los peligros y la destrucción del entramado moral de nuestra sociedad” (Benedicto XVI, “Luz del mundo”). Si nos dejamos llevar sin pararnos a pensar, fácilmente acabaremos siendo aquellas personas que nunca quisimos ser.
La ciencia de los niños
Desde Makaria quiero proponer un camino. Es un sencillo itinerario que me enseñó hace un par de semanas mi sobrino de casi tres años. Antes de su siesta, empecé a contarle su cuento favorito: la historia de los Reyes Magos. A él le gusta formar parte del relato y aparecer como un personaje más. Mi imaginación -para variar- comenzó a desbordarse: jugar al pilla pilla en casa de Melchor hasta que aparece una estrella; meter en la mochila un yogur de chocolate mientras los Reyes guardan el oro, incienso y mirra; caminar de la mano de Baltasar por el desierto; llamar a la puerta del Portal y que abra una mujer guapísima llamada María…
El caso es que, una vez dentro del Portal, mi sobrino quedó frente a frente con el Niño Jesús en el pesebre. Entonces, le pregunté: “Y, ¿qué hizo el Niño Jesús?”. Me respondió: “Un hueco para mí en su cunita”. En ese momento el tiempo se detuvo en mi interior. Un hueco PARA MÍ. Entre niños se entienden… Ante una sociedad cuyo mensaje es (en el ámbito profesional, intelectual y a veces familiar o de amistad y hasta espiritual): “¡ten más!, ¡produce más!, ¡gana más!, ¡sé más!”, este Niño Jesús a través de mi sobrino me dijo: «VEN TÚ».


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